Román Abramóvich: en la cima con el Chelsea


Por Llora, me llama (?)


Ya pasó la tensión del minuto final. Los penales. Los goles. La gloria. Ya se acabaron las celebraciones en las calles de Londres, y la tristeza de los muniqueses que tuvieron que ver a su equipo, el Bayern, perder en su propia cancha. Pero hay uno que sigue celebrando: Román Abramóvich, oligarca ruso, ha encontrado en el fútbol la fórmula perfecta para desarrollar una de sus principales pasiones. 

Si bien la adquisición del Chelsea Football Club empezó como un capricho, ya que el equipo estaba al borde de la quiebra, año a año han disminuido las deudas, en buena medida, debido al éxito que están teniendo en distintos campeonatos como la Premier League y la Copa Fa. La coronación en la Champions como campeón de Europa no hará más que felicitar el ojo visionario de Abramóvich como fan y como empresario.


Como se sabe, su fortuna empezó a crecer cuando a lo largo de la década de los noventa, fundó cinco empresas que se encargaban de la producción de bienes de consumo con el dinero que había ganado años antes en el negocio inmobiliario. Pronto se transformó en un intermediario dentro de la industria petrolera, hasta que se dedicó completamente a la comercialización del preciado hidrocarburo. A los 30 años ya tenía tanta influencia que se había convertido en la mano derecha del presidente Boris Yeltsin. Hoy es la novena persona más rica de Rusia con una fortuna que supera los 12 mil millones de dólares.

Se calcula que en los nueve años que tiene como dueño del equipo ya lleva invertidos cerca de mil millones de euros, y en el turbulento mercado del fútbol europeo hay jugadas que empiezan a hacerse predecibles: diversos diarios afirman que tiene entre sus planes incorporar a Josep Guardiola, extécnico del Barcelona, y que ya dio luz verde para contratar al colombiano Radamel Falcao, tras la salida de Didier Drogba. 


Quienes cuestionan que el deporte rey se ha convertido en una competencia estrictamente monetaria critican a Abramóvich diciendo que el dinero no lo es todo, ni debería de serlo. Abramóvich, muy suelto de huesos en esta foto celebratoria, parece estar dando una respuesta lapidaria: “Claro que el dinero no lo es todo… pero cómo ayuda”

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